Los primeros lugares a los que uno va a picar cuando se inicia en el coleccionismo de minerales y es asturiano, son, indefectiblemente, La Collada y Berbes; vaya, que sí o sí.
Claro pues; como no podía ser de otra forma, hacia allí me encaminé yo, y por ese orden. Y lo que son las cosas; de esas primeras salidas, primero en la Collada y en Berbes después, aún conservo piezas en colección que no he podido mejorar, y que ahora ya se quedarán en ella de cualquier forma, pues poseen un valor añadido.
Fluorita. Los Cobayos, Berbes, Ribadesella, Asturias. 95x60x55mm. Cristal mayor: 20x16mm
Una de esas piezas irremplazables es, precisamente, la que hoy muestro en esta entrada; y voy a contar un poco, y de forma breve, su historia.
Otra vista, desde arriba, de la pieza.
La primera vez que fui a Berbes llevaba coleccionando unos tres meses, es decir, no tenía ni puta idea de absolutamente nada. Había leído mucho, cierto, y me había informado lo más posible sobre el lugar y lo que tenía que buscar, y además, tenía la reciente experiencia de haber abierto una geoda en la Sirena; pero esas eran las únicas fluoritas que había tenido en mi mano, y aquel golpe de suerte no me había enseñado nada sobre cómo buscar y picar; simplemente había tenido eso, suerte.
Así que, como decía, no tenía ni zorra idea, pero eso sí, lo compensaba un poquitín con muchas, muchas ganas.
Me pasé casi un día entero reconociendo todo el lugar, desde el monte cerrado donde deberían haber estado los Cuetos II y del Aspa, pasando por el Frondil, hasta Los Cobayos y La Cabaña y llegando hasta lo alto de las Picas.
Vista de la pieza por la parte trasera, también repleta de cubos.
Esa primera vez no me llevé nada para casa, excepto una imagen: un hueco de medio metro de diámetro abierto a unos tres metros de altura en medio de la pared.
Y con esa imagen en la cabeza me fui para casa y me acosté; y con ella desperté y fui a trabajar, y con ella, finalmente, monté en el coche y conduje de nuevo hasta Berbes, esta vez preparado para llegar hasta ella. Con arnés y una cuerda con la que asegurarme, subí hasta la Paredona y sin pensármelo ni pararme un segundo a mirar al rededor, trepé hasta el hueco como mejor pude.
La posición, una vez arriba, era muy incómoda y bastante inestable. Un pie punteaba sobre una mínima laja a mi izquierda, y el otro, algo más alto, presionaba sobre un canto a la derecha, manteniendome casi por oposición. La Cuerda estaba atada abajo, y yo me aseguraba con un shunt, un bloqueador que, al menos aquí, llamamos pato. Me había asegurado, dos palmos por encima de mi cabeza, a un viejo clavo que ya estaba allí y a un fisurero que yo había metido, pero no me fiaba demasiado ni del clavo ni de la grieta donde había anclado el fisurero. Para más colmo, la geoda era grande, como un tubo, y había que meterse dentro, a la larga, para llegar al fondo (lo demás estaba ya extraído o machacado), y para ello tenía que dejar un poco de comba en la cuerda, lo que quiere decir que si caía, pegaría un tirón sobre los seguros, y si estos saltaban, la hostia, aunque no había mucha altura, podría ser suficiente para hacerse mucho daño.
Vista de la Paredona, donde se encontraba la geoda, con playa Vega al fondo.
Sea como sea, no hubo caída y no fue necesario confiarse a los seguros.
La geoda, como he dicho, era una especie de tubo aplanado en la que podías introducir medio cuerpo a lo largo. De esta forma podías llegar al fondo, pero con el inconveniente de que ello no te permitía movilidad suficiente como para poder picar, así que solo podías usar los dedos para intentar extraer las piezas que pudiesen estar sueltas. De aquí logré extraer dos piezas que también conservo en la colección y que mostraré más adelante, pero la que hoy muestro no salió de esta geoda, si no de otra más pequeña justo al lado.
De esta primera geoda de la que hablaba había que salir cada poco a respirar y estirarse, porque la posición dentro de ella era muy incómoda y bastante agobiante. En una de esas salidas y al ir a comprobar el fisurero que había metido me fije en algo que hasta entonces no había visto. Por encima de mi cabeza y a mi derecha se abría otro pequeño hueco. La mala noticia era que no podía auparme hasta el para verlo, pero la buena era que llegaba bastante bien con la mano.
La Paredona Vista desde abajo. En la zona izquierda de esta foto, quizás algo fuera de encuadre, es por donde se encontraban las dos geodas.
La Paredona vista desde la zona alta de los Cobayos.
Tuve que abrirla un poco más, cosa que costó bastante debido a lo precario de la posicion y lo muy incómodo de la postura, pero finalmente pude acceder al interior y sacar lo que había dentro. Por suerte todo estaba suelto, o casi todo; por desgracia todo estaba roto... O casi todo.
Al fondo de la geoda había una pieza, la única que no estaba del todo suelta, aunque solo fue necesario un poco de insistencia para que se desprendiese de la pared; también, y por suerte, era la única que no estaba compretamente machacada. La envolví con mucho cuidado y me la guardé en la mochila. Media hora después ya estaba recogiendo el material para volverme para casa.
Hasta que no la lavé bien y le quité la arcilla no fui consciente de la calidad real de la pieza. Esa es la pieza que aparece en estas fotografías. Segundo yacimiento que visitaba y segundo golpe de suerte, y al igual que en el primero, no he vuelto a sacar en ellos piezas mejores.
Los cristales no pasan de dos centímetros, pero tienen un color, una transparencia y un brillo increíbles, además de marcados zonados de crecimiento, o fantasmas.